Estoy muy, pero muy aburrido.
Mi cabeza da vueltas sin parar hasta que la última gota de energía es gastada. Una vez acabada, el cerebro comienza a quemar azúcar en vez de oxígeno y mis ojos se cierran. Las venas de mi cabeza comienzan a bombear sangre a velocidades increíbles, pero las paredes de las mismas resisten a la terrible presión ejercida sin notar lo que pasa.
Clarisa está de pie enfrente mío, flotando, presenciando mi caos, mi peor y más vergonzosa faceta. Comienzo a preguntarme porqué fui traído a este mugroso agujero de la galaxia, pero es inútil. Nadie contesta mi llamado de auxilio.
En fin, Clarisa sigue ahí, tratando de penetrar mis pensamientos de una manera muy pasiva, como si tuviera todo el tiempo del mundo a su disposición. Me entrega una copia de un libro muy extraño, muy bien conservado en un paquete hecho de piel humana, manchado cada tanto con pequeñas gotas de sangre fresca.
En el momento que lo agarro, un fuego interno me rodea, quemándome, pero sin hacerme daño.
La sonrisa de Clarisa se vuelve cada vez más grande, mostrando unos dientes podridos y un líquido viscoso y pardo saliendo por su boca. Luego, el libro. Comienza a hablarme, primero en un lenguaje inentendible, luego en Cantonés.
El mensaje es muy claro: ella debe exterminar a la raza humana y, por supuesto, se supone que yo la ayude.
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