abril 27, 2009

Hijos


No puedo mas que derretirme cuando tengo ante mi vista a un bebé. Me hace estirar la piel de la cara hasta el límite. Todas las arrugas desaparecen y dan lugar a que se produzca una auténtica sonrisa, estrujando los pómulos, tirando hacia atrás la comisuras de la boca y ampliando la superficie de mi frente (ya bastante amplia en mi caso) hasta el máximo. No olvidemos las escurridizas y trémulas lágrimas de emoción que se cuelan, desobedientes al orgullo, y que nublan la vista.

Es una sensación plena, vasta, movilizadora. Me lleva automáticamente hacia un lugar de admiración por la naturaleza y humildad por lo empequeñecido que queda el acto de nacer dentro de la inmensidad fría y aparentemente cruel del cosmos.

Mis sentimientos más paternalistas y humanos me inundan, me sobrecogen, me pueden. Un proyectito de vida absolutamente indefenso que me mira como nosotros miraríamos a Dios si pudiésemos.

Lamentablemente, hoy por hoy, dicha sensación me llena también de un sentimiento de tristeza tan profundo que mi ánimo se destroza por completo. Los recuerdos, las esperanzas, las ilusiones que tuve en algún momento hacia el hecho de tener un hijo propio y que, subconcientemente tapé, oculté, cubrí con mentirosa indiferencia para superar el trauma, salen a la luz, intempestuosas, insolentes, bestiales, llenándome el corazón de dolor y tristeza...de impotencia, frustración, bronca.

Inmanejable.

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