octubre 26, 2009

El inevitable cese de funciones

Los músculos ceden y quedan definitivamente rendidos a la fuerza de la gravedad. Las funciones cognitivas se desvanecen. El cuerpo se va deteniendo. Los tics, expresiones, arrebatos, ritmos, movimientos, desaparecen.

La cara se va endureciendo paulatinamente, perdiendo vida, volviéndose carne inerte. Un ojo primero, que queda paralizado sin terminar de cerrarse del todo; el otro después. La boca queda eternizada en un rictus deforme, seco. La respiración se agita repentinamente, el ritmo se acelera. Las funciones vitales, antes pausadas, controladas, se suceden torpemente, solapándose, agolpándose, empujándose. El cuerpo se enfría. La piel ya no se renueva.

La chispa de vida, la energía que mueve cada átomo de cada célula, se va apagando. La sangre corre sus últimos metros lenta y pesada sobre esas paredes arteriales ya viejas, duras y cansadas de tanta presión. Algunas de ellas revientan, inundando y ahogando zonas enteras de neuronas especializadas, mátandolas irremediablemente.

Llega ese suspiro final, el último y desesperado movimiento del diafragma estirando y comprimiendo unos pulmones casi sin aire dentro, con la mayoría de sus alvéolos vacíos como si hubiera habido una orden de desalojo respiratorio inapelable.

Un pequeño temblor, una última descarga eléctrica comandada desde el cerebro hacia el cuerpo entero, llevando un solo y demoledor mensaje: apagar. Para siempre.

La conciencia, con las valijas hechas desde hace rato y sus deudas felizmente pagadas, abandona finalmente esa masa de células dormidas. Libre de tanta carne y funciones enfermas, imperfectas y vulnerables, vuela lejos, llevándose consigo todo lo que alguna vez fue mi abuela Mumi, un ser humano.

…vaya a saber uno a qué y adónde. Maldito misterio.

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